Las cuatro mujeres:
Reflexión para mis amigos del colegio en Semana Santa.
Fernando Soto-Dupuy.
Un hombre tenía cuatro mujeres. Ahora vivía con la última, la amaba de todo corazón y le dedicaba todo su tiempo y atención. A la tercera la veía de vez en cuando, pero ya no sentía el mismo afecto por ella. A la segunda la estimaba bastante, sin embargo ya se había distanciado de ella hace mucho tiempo. Y la primera mujer, ¡ah! A esa le tenía un aprecio especial pues había sido su primer amor y había pasado sus mejores momentos junto a ella. Sentía algo muy diferente cuando, después de muchos años de haberla abandonado, recordaba con nostalgia aquellos tiempos.
Un día este hombre, ya enfermo, fue al médico el cual le entregó la triste noticia que le llegó como un golpe de mazo: te queda una semana de vida.
En su desesperación el hombre fue con su cuarta mujer y le comunicó la triste noticia. Ella, sin inmutarse, le dijo –lo siento mucho, ya no te puedo acompañar- y con rapidez hizo las maletas y se largó para siempre.
Fue con angustia a visitar a su tercera mujer, la cual, tras escucharlo, se entristeció y le contestó que ella tampoco podía hacer mucho por él en estas circunstancias.
Caminó a casa de su segunda mujer. Ésta lloró sinceras lágrimas de tristeza, lo abrazó, lo consoló y le dijo –haré algo por ti, te acompañaré hasta el final y te iré a dejar al cementerio, más que eso no puedo hacer nada por ti-.
Finalmente llegó donde su primera mujer. Esta lo recibió cariñosa como siempre, lo escuchó con paciencia, estuvo largas horas acompañándolo y le prometió quedarse con él hasta el final sin separarse ni un minuto –es más- le dijo –moriré contigo y me iré contigo a la eternidad.
Amigos, todos nosotros tenemos cuatro mujeres. La primera es nuestra alma, la segunda son nuestros seres queridos, la tercera son nuestros bienes y posesiones, y la cuarta mujer es nuestro cuerpo. Ninguna de estas es una mala mujer.
Desgraciadamente muchos nos damos cuenta tarde del gran error que cometemos cuando le hemos dado a la cuarta mujer todo nuestro tiempo e interés, nos hemos preocupado egoístamente de darle a nuestra naturaleza material el primer lugar de nuestros afectos y devociones, sin importarnos si en el camino hemos dejado botados nuestras posesiones o la familia y desperciado el alma.
El cuerpo va a ser el primero que nos va a pasar la cuenta en el momento de crisis, va a empacar y se va a retirar a una velocidad alarmante.
Los bienes y las posesiones, al final de nuestros días, nos darán amargura y frustración. Ya no nos servirán de nada.
La familia, la esposa, los hijos, se van a entristecer, quizás nos reclamen y pasen la cuenta de nuestros abandonos e injusticias. Su amor les animará a perdonarnos y a acompañarnos hasta la última morada. Más allá no pueden ir.
En cambio nuestra querida alma, que abandonamos hacer muchos años, seguirá fiel. Hubo un tiempo, quizás cuando nos formábamos como adolescentes o jóvenes universitarios, en que teníamos un maravilloso idilio con ella. Buscábamos respuestas a nuestras interrogantes espirituales, interrogantes de justicia social, ideales elevados. No es casualidad que en ese tiempo algunos de nosotros hicimos un pacto de fidelidad con nuestra alma, para no ensuciarla, para apreciarla, para llevarla a montañas elevadas de donde podría tener “altura de miras”. Conocimos al autor del soplo divino, le aceptamos como nuestro Señor, le dimos el primer lugar en la vida y tuvimos fiesta eterna espiritual. Otros siguieron el camino de la infidelidad, dejaron a su alma por otros amores. Dedicaron más tiempo a las personas de carne y hueso, y descuidaron su primer amor. Más tarde en la vida nos llevó la vorágine del lograr estabilidad económica, con la excusa de darles a nuestras esposas e hijos un buen futuro, descuidamos el fundamento espiritual y dejamos de lado, incluso a aquellos mismos por quienes decíamos preocuparnos: esposa e hijos. Estoy ocupado “sacándome la cresta” por ustedes, decíamos hiriéndoles profundamente.
Finalmente, cuando nos vimos en conflicto con los seres queridos, cuando nos sentimos un poco más independientes y con un dinerito extra nos dimos cuenta que merecíamos preocuparnos por nosotros mismos, y pasado los cuarenta nos vimos las canas, los rollitos en la cintura, el colesterol y la alta presión, entonces concluimos que debíamos cuidarnos, comprarnos motos, viajar, darnos gustos, hacer deporte, tener sexo, y por supuesto comer, tomar y probar algún estimulante, haciendo eco del dicho bíblico “comamos y bebamos que mañana moriremos”.
Un día esta cuarta, y demandante mujer, nos va a abandonar dándonos una sonora y humillante cachetada.
La tercera mujer, nuestros bienes y posesiones, no nos van a poder rescatar del destino final y es más, será motivo de discordia para nuestros herederos.
La tercera mujer, nuestra familia, sentirá mucho nuestra partida y serán los que más lamentarán nuestra suerte (aunque es posible que algunos digan “que bueno que se murió este viejo sinvergüenza”). Por deber y por su honor nos acompañarán hasta la tumba. A más de alguno le dará un ataque de histeria, una que otra se desmayará (dicen que cuando llueve en el cementerio nadie se desmaya, qué raro…), pero la viuda no se inmolará como se hacia antes en la India, y no querrá acompañarnos a la morada eterna… con excepción de ella, nuestra fiel Alma.
Amigos queridos, que alegría me dio haberlos visto en nuestra gran reunión. Fue una manera tan diferente de verlos. Cuando estábamos en la Escuela Industrial nos veíamos de tan diferentes maneras, con sospechas, con suspicacias, con envidias. A algunos les teníamos verdadero cariño, a otros los despreciábamos por rotos, por momios, por comunachos, por canutos, por garabateros. Sin embargo ahora, 29 años transcurridos, nos miramos con la calma y la experiencia que nos ha dado la vida. Y yo, por lo menos, los vi con mucho cariño, como veo a mis primos, como trato a mis grandes y queridos amigos. Los vi a todos con esa chispa y esa viveza de los años 70 en un cuerpo treinta años más traqueteado. Pero el alma, muchachos, el alma de cada uno se refleja en el rostro, en la lámpara del cuerpo que son nuestros ojos. Cuando estábamos en la Eischañ yo tenía profundas conversaciones espirituales con algunos de mis compañeros. Una vez Chadwick de frentón me preguntó en la micro, cuando íbamos de regreso a casa (Avda. Larraín con Loreley… todavía me acuerdo), si yo era evangélico. Entonces le dije que si, ahora le diría que no, de hecho De la Maza, Chadwick y Torres conversaron algo conmigo en el asado sobre el tema y les dije que ahora soy sencillamente “cristiano”, ni católico, ni evangélico, sencillamente cristiano sin apellidos.
Sigo recordando el pololeo del alma: con Skiba tuve buenísimas conversaciones, de hecho me acompañó a algunas reuniones de jóvenes de mi iglesia. Riquelme más de alguna vez me sorprendió leyendo el Nuevo Testamento, y de ahí pude animarle en momentos en que él estaba bien deprimido.
Espero que no sea tarde para volver a cuidar el alma, para volver a preguntar por las cosas espirituales. Me alegra este sentimiento de preocupación o desazón que nos produce la muerte de David. Estaría con ustedes en el cementerio visitando su tumba si es que estuviera en Chile. Creo que la reflexión de amigos en el cementerio es profunda, es descarnada, es real. Pero no vuelvan a regocijarse con la cuarta mujer a la salida del cementerio en el Quita Penas.
Termino con un pasaje del evangelio propicio a lo que les he dicho: Lucas 12.
"Las tierras de un hombre muy rico habían dado una gran cosecha. Era tanto lo que se había recogido, que el rico no sabía dónde guardar los granos. Pero después de pensarlo dijo: "Ya sé lo que haré. Destruiré mis viejos graneros y mandaré a construir unos mucho más grandes. Allí guardaré lo que he cosechado y todo lo que tengo. Después me diré: ¡Ya tienes suficiente para vivir muchos años! ¡Come, bebe, diviértete y disfruta de la vida lo más que puedas!"
"Pero Dios le dijo: "¡Qué tonto eres! Esta misma noche vas a morir, y otros disfrutarán de todo esto que has guardado".
"Así les pasa a todos los que amontonan riquezas para sí mismos. Creen que son ricos, pero ante Dios en realidad son pobres".
Esta es Palabra de Dios (¡Te alabamos Señor!).
Les animo a prepararnos para el evento final de la existencia volviendo al primer amor con nuestra alma, dándole lo que se merece, alimentándola, hermoseándola. Una vez que así lo hagamos veremos como lo demás se va acomodando a esa prioridad. Las relaciones con la esposa y los hijos, la suegra y la mamá, irá tomando otro cariz. Los amigos serán valorados y las amistades no serán hipócritas. Los logros humanos, los títulos, las inversiones, los autos y las casas los veremos como bendición de Dios y los usaremos con responsabilidad. Y por último, la cuarta mujer, este “Hermano Asno” como le llamaba Eduardo Barrios, sabrá estar sometido con alegría, (las pasiones bajo el dominio de la razón) a los nobles impulsos del alma que vive su largo idilio con Dios.
Esta es mi reflexión y mi regalo para ustedes, mis compañeros de curso, en esta Semana Santa del 2007.
Mi oración a Dios por ustedes es que él les ayude en su caminar y despertar espiritual, para que le conozcan a través de su Hijo Jesús, quien siendo Dios mismo no escatimó ni se aferró a su condición divina, sino que bajó y nació de la virgen María, tomando forma humana y de esclavo, muriendo la muerte más ignominiosa y resucitando al tercer día de entre los muertos. Oro para que se den cuenta de esta verdad. Si no fuera verdad, sería la estafa más grande de la historia humana. Aún así las evidencias están ahí: Jesucristo es quien dijo ser.
A él sea la honra, la gloria y la alabanza por siempre. Y yo, como su siervo, quedo a su disposición para ayudarles en lo que pueda a volver a su primer amor, su primera mujer.
+ Fernando Soto Dupuy.
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1 comentario:
Hermosa y "provocativa" reflexión, gracias Fernando.
Guillermo
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